Grace Kelly fue la más impotante de
las rubias actrices hichcockianas, siendo la principal fuente
de inspiración del cineasta desde que en 1954 rodaran juntos
Crimen Perfecto (Dial
M for murder). Para él personíficaba a la perfección
la esencia de la rubia fría que tanto le gustaba, una mujer
de sexualidad oculta: de apariencia fría pero que es capaz
de bajarte la bragueta en un taxi cuando menos te lo esperas (palabras
textuales de Hitchcock). Estaba locamente enamorado de ella y
durante el rodaje de La ventana indiscreta
(Rear Window) adoptó el papel de Pygmalión
(igual que James Stewart, su alter ego en Vértigo) para convertirla en la mujer de sus sueños. Indicó
con todo lujo de detalles que vestido debía llevar en cada
escena. Había una razón para cada color y cada estilo,
por ejemplo, mientras que para una escena la veía de verde
pálido para otra la vestía de gasa blanca y para
otra de dorado...era como si estuviese materializando un sueño. Pese a
todo no se puede decir que haya sido la mejor actriz de
la historia, aunque su sola presencia servía para llenar
la pantalla de elegancia, sofisticación y buen gusto. Sus
formas y modos de aparecer ante el público la llevaron
a ser descrita por Hichcock como la elegancia sexual.
Su colaboración se saldó con una tercera película, la colorista y aristocrática Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief) de 1955, en la que hay una escena que resume perfectamente la esencia de las frias heroinas hichcockianas: su personaje nos lo presenta en las primeras escenas como una muchacha impasible, fría, con un aire clásico, muy hermosa y muy glacial pero cuando se queda a solas con Cary Grant ¿qué es lo primero que hace?...hunde sus labios en los del hombre. La película se rodó integramente en la costa azul francesa, lugar que poco después la vería convertirse en princesa y en cuyas carreteras encontraría una trágica muerte el 15 de septiembre de 1982.
Su carrera fue corta y poco después de casarse abandonó el cine, dejando a Hitchcock sin su musa. Incluso rechazó el papel de protagonista de Marnie, la ladrona (Marnie), cuyos derechos había comprado el director inglés únicamente para que ella la protagonizara. Al parecer ella estaba dispuesta a aceptar el papel y a Rainiero también le parecía bien, pero contó con el rechazo de su pueblo, que no quería ver a su princesa interpretando el papel de una frígida cleptómana. En ese momento le tocaba vivir su particular cuento de hadas...