Galán de galanes, Cary Grant se ha convertido en el símbolo absoluto de la elegancia llevada a la gran pantalla. Su fina ironía, sus dotes para la alta comedia y su impresionante estampa hicieron de él un ejemplo imitado, aunque inimitable por nadie (ya que poseía todas las cualidades innatas que no se pueden aprender en un actor´s studio). Hitchcock supo definirlo perfectamente: "podría actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo tan fascinante como siempre". En realidad el actor representaba en todas las películas de Hitchcock el tipo de hombre que al director inglés le hubiera gustado ser, es decir el típico héroe simpático y atractivo que se llevaba al huerto a toda rubia que se le pusiera por delante. Juntos rodaron cuatro películas en la que ese rol queda claro y que nos han dejado innumerables detalles para el recuerdo, como las envenenadas miradas de un irreflexivo y misógino marido en Sospecha (Suspicion), la elegantee irónica impasibilidad de John Robie "el gato" ante las sorprendentes salidas de tono de la glacial Grace Kelly en Atrapa a un ladrón (To Cach a Thieve) o el beso más largo del cine de Encadenados (Notorius) junto con Ingrid Bergman, quizás uno de los papeles más serios de toda su carrera.

Su última colaboración fue sin duda la más famosa y fructífera, sin embargo, la relación Hitchcock-Grant durante el rodaje de Con la muerte en los talones (North by Northwest) fue lo más opuesto a una balsa de aceite. Sobre todo por la complejidad del guión, que provocaba constantes frustraciones en Cary Grant en su intento de lograr la coherencia del personaje a lo largo de toda la trama. Deliberadamente, Hitchcock eludía sus preguntas sobre el desarrollo argumental y se guardaba en la manga muchos detalles de la historia para que ni Grant ni el resto del reparto supiera exactamente cómo iba a ser el final ya que tenía la esperanza de que ese desconcierto de los actores contribuyera al tono general de un filme que paradójicamente había sido concebido en un principio como un vehículo idóneo para el lucimiento de James Stewart, el otro gran actor hitchcockiano. Sin embargo cuando el guión empezó a perfilarse como un thriller de espionaje, el director británico decidió que Stewart iba a resultar demasiado "formal" y dramático para ese personaje por lo que decidió darle el papel a un Cary Grant que, a modo de anecdota final que puede resumir el controlado caos que domina la pelicula, tenía 54 años por aquel entonces (uno más que Jessy Royce Landis, la actriz que interpreta a su madre). Y es que cuando hay planta, hay planta.